¿Quién es Alice Loaiza?

Es una mujer que se ha convertido en el símbolo de muchas otras mujeres que han tomado la decisión de desarrollar su propio negocio, ya que cada vez que cuenta su historia de vida, se entiende de qué madera esta hecha y desde donde provienen esas raíces de perseverancia y lucha.

Es por eso que cuando le comentamos que la íbamos a proponer para el premio CITI, buscó dentro de sus documentos archivados y nos solicito que reflejáramos su historia tomando lo que escribió su hermana Hilda Loaiza en 1999, en un pequeño libro de 8 páginas, cuando doña Alice fue considerada por la revista perfil dentro de las 15 mujeres de éxito, junto a Tía Florita, Claudia Poll, y la recordada Carmen Granados.

Con la autorización de doña Hilda Loaiza, la creadora de ese pequeño Libro que se tituló “Industrias Alimenticias COOPEYANA”, tomamos parte de la historia ahí escrita y la sumamos a los relatos de doña Alice  en los siguientes párrafos:   

Mi vida y mi producción.

Abriendo el siglo que ya termina, con la mirada puesta en las montañas azules, firme como un yunque y tenaz como un pájaro carpintero, Isidro Mora Mora,  se afianzo en las faldas del Cerro de las Vueltas, en Copey de Dota, junto con Esther Chinchilla, compartió las madrugadas de escarcha. Estos abuelos eternamente jóvenes, como presintiendo que a los 42 y 35 años respectivamente deberían trascender, invirtieron toda su juventud y energía, en arar la tierra y sembrar la vida que no pudieron disfrutar; pero con un gran reconocimiento sus hijos, quienes aun siendo niños partieron de su montaña en la búsqueda de nuevas oportunidades.

    Mientras tanto, en el trillo rutinario de mi  otro abuelo don Jesus Loaiza, trazaba el trillo,  que en algún momento se convirtiera en la Carretera Interamericana, y de la troja a la cocina, estaba mi abuela Teresa, con el silencio impuesto por la cultura machista, en suspiros prolongaban sus emociones reprimidas y los derechos no reclamados.

De estas dos grandes familias viene mis raíces, don Roberto y doña Atilia, fueron los nuevos eslabones de la cadena que aún sigue su curso.

Ellos a los 21 y 18 años respectivamente inician su propia cosecha de hijos que dio como resultado 13 partos.

En el cuarto de la casa grande y en la misma cama donde don Isidro y doña Esther ahogaron sus últimos suspiros, ahí, en las paredes de cedro amargo, también se grabaron los llantos de recién nacidos.

En este reciento donde la vida se desprendía para partir y alumbrar, le toco a doña Alice en el cuarto parto, llegar.

Fueron tantos partos, que mientras el maizal una y otra vez cosecha daba, el vientre de mi madre a medio descansar, otra cosecha iniciaba.

Todos los amaneceres infantiles fueron amenizados por el canto del gallo, el mugir del ganado y las palmadas de doña Atilia, sobre su herencia indígena. Así preparaba blancas lunas llenas de calor materno. Así una  tras otra. En el comal caliente, como hostias para consagrar, recostadas  a la parrilla por donde la braza se asomaba para dorar las decenas de abomba ditas dosis de amor, con las que mi mama nos saludaba al amanecer, cuenta doña Alice.

 Al compas del pausado ritual indígena, del maizal a la ordenada troja, de dos en dos, las mazorcas dormían al clavo abrazadas. Ahí  por las hendijas el sol en las mañanas las saludaba asida al viejo y herrumbrado clavo, pacientemente esperaban que las manos infantiles en el canasto las desgranaran.

Arrullando hermanos y muñecas de cuerpo de elote,  y vestido de tusas, mi ternura de madre en ciernes se complacía, suspira doña Alice, cuando recuerda esto.

Maíz, troja, canasto y masa, ese fue el sabor de su  infancia.

Recuerda doña Alice, y sigue contando:

Hermanitos, tortillas, tamal asado y bizcocho, fueron los regalos más preciados que su madre le dio.

Mientras ella a su labor se entregaba, mi padre Beto Loaiza, más allá del Cerro de la Muerte, ganado compraba y vendía. Con este dinero, un colegio de monjas, escogió para sus siete chiquillas, porque quería que fueran educadas e ilustradas.

Por lo que entre rezos, cuadernos, bordados, la adolescencia nos llegó.

Nuestra rutina, era práctica, y sencilla, en tiempo lectivos, a estudiar, en tiempos de vacaciones a Copey a trabajar, grandes y chicos todos teníamos tareas, unos a ordeñar, otro a limpiar, y algunas veces hasta cocinar.

Así la adolescencia iba pasando. Pero, porque me gustaba cavilar, llevar la contraria, echar al vuelo la imaginación, no pude con eso de memorizar y repetir,  por eso del colegio desistí.

Luego estuve de aquí y de allá; en la casa, en la costura y en contabilidad. Debajo de las alas del sombrero de mi papa, en una de sus empresitas trabaje varios años. Y pronto, en las alas de la fantasía de un amor, volé, hasta que el golpe de la realidad me despertó…

Por lo que, con un bello niño asido a mis faldas bajé, y subí lomas en busca de una estancia que nos permitiera reconstruir los sentimiento y crecer. En el potrero de todos, con todos los que nacimos en la misma casa, construí mi casa.

Pero además teníamos la necesidad del pan, por eso en 1988, con el apoyo económico y emocional de mis hermanos, y con el impulso de la Fundación Mujer, inicie el primer intento de negocio. “Una sodita”, pero pasados pocos meses tuve que cerrarla. Ahora no era solo mi necesidad de comer y la de mi hijo sino también, ahora el pago de una deuda de un sueño frustrado, lo que me enseño a vivir raspando la olla, y haciendo algunas cositas por aquí y por allá.

Pero un día recordé que aunque fracaso, el bizcocho que se vendía en la zona era muy alagado por los compradores, y decido, intentarlo de nuevo, así que me cargue de esperanzas, y con un paso firme  y pausado  a mis 52 años, toque puertas de supermercados, y queriendo hacer bien las cosas busque la licencia del Ministerio de Salud, hice mis primeras ventas a Supercoop.

Con toda la motivación del mundo, un día de tantos por esas cosas del destino, encontré un horno en una Compra y Venta, en el que doraría mi reciente gestada idea de negocios: Bizcocho Doña Alice.

Desde la una de la mañana, iniciaba mis labores, por lo que ese hornito, calentaba mis madrugadas, y mis sueños para continuar.

En otro intento de seguir hacían adelante, promocione mis productos en la Súper Despensa,  y también lo logré.

Así , que aunque con un horno que era muy lento, por su estado, con el trajín de ir al molino en taxi, luego fabricar, y luego otro taxi, para repartir, moneda tras moneda se hicieron presentes, para la compra de un momento muy importante en mi vida, tener un horno nuevo, y sumar a mis labores tres personas más.

Lo que me dio la posibilidad, de hacer más rentable mi negocio, y con esto invertir en la compra de un molino de maíz, diciéndole así a largas horas de madrugadas, y de taxi que iban y venían.

Pero como ya sabia que todo debe de aprovecharse a lo máximo, iniciamos con mi segunda idea, El Tamal Doña Alice, en este momento, aquellas manitas que prendidas de mis enaguas en los momentos mas difíciles y duros para los dos, se convirtieron en mi gran apoyo, alzaban ollas, mueven la masa, empacan con energía y rapidez, son las manos de un hombre crecido “mi hijo Luis Paulino”.

Con su vitalidad y ganas de seguir para adelante, llevo el bizcocho y el tamal a la feria del agricultor, y de aquí paso a la Cadena de Supermercados Rayo Azul, en Cartago, Alajuela y Heredia,  y de la misma forma en los Supermercados Más  x Menos.

Con toda la cosecha de grandes ventas, se hizo indispensable la compra de un vehículo, y organizar el proceso de ventas, así que toma forma el negocio.

Así que a través de los varios años, se cambiaron los hornos, pasando a los industriales, se hizo necesaria una cámara de refrigeración , una cortadora, una amasadora, y otro vehículo, es aquí donde busco a uno socio estratégico, el Banco Nacional, ya para el 2001, necesitamos otros tipo de vehículos, y ya tenia una empresa, porque sumando mi trabajo y esfuerzo, la vitalidad y visualización de mi hijo Luis Paulino, y el cerebro de mi hermana como administradora, nace la sociedad Industrias Alimenticias Cipeyana S.A.

Todo este apoyo nos a permitido, crecer en equipo con mayor tecnología, abrir nuevos mercados y ser competitivos en el como lo son las cadenas de Supermecados Wall-Mart, Auto mercado, y permanecer en los ya se habían conquistado.

El comenzar a olfatear oportunidades  de promoción en nuevos mercados, es que se ha ido analizando el mercado de Panamá, pero eso se ha dejado porque hay oportunidad de seguir creciendo en el nacional.

Además establece que el consumidor costarricense, cada vez es más cuidadoso con lo que come, así que nuestro  siguiente paso es buscar la certificación de nuestros productos como libres de Glúten.  Además de innovar en otros productos, y tener la mente abierta a cualquier otra oportunidad de mercado como lo es abrir la puerta en AM PM y en Fresh Market.

Doña Alice nos termina su exposición diciéndonos, que su secreto es “no aflojar,  el trabajo y el estar ocupada es lo que le da vida”.

Si en estas líneas traté de transcribir lo ya escrito por doña Hilda Loaiza, lo que doña Alice nos contó en un extracto es porque la considero como una gran ejemplo para todas las empresarias como para los empresarios, hoy a sus 75 años, se levanta todas las mañanas pensando en su empresa, y como hacer que siga adelante, bajo un modelo de administración que le ha permitido llegar adonde muchos desearían estar.